lun. Sep 27th, 2021
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Ciudad de México.- Originaria de una colonia del centro de la ciudad de México, crecí entre una madre alcohólica y un padre drogadicto. A los 8 años empecé a ser abusada por el esposo de la vecina que “me cuidaba”, a los 12 años me salí de la casa después de tremenda paliza que me dio mi madre al enterarse que no había ido durante una semana a la escuela.

Mi destino, aunque parecía estar predestinado a una vida de vicios y vida en la calle, no estaba muy lejos de la realidad. A los 13 años después de dormir entre basura y comer de lo que encontraba en ella, me propuse hacer lo que fuera para salir de esa vida, que realmente no era vida.
Había estado un par de meses enferma, lo que no ayudaba nada en mi aspecto. De entre la basura buscaba utensilios de limpieza, porque sabía que mi aspecto no era el mejor y que no iba a ayudar a salir de donde estaba. Me mantuve lejos de las drogas, estaba segura que no era lo que quería, pero mucho dependía de la comida que llegara a encontrar. Las drogas te hacen olvidar las necesidades fisiológicas básicas así que antes de otra cosa, tenía que cubrirlas.

Era una niña, así que no me fue difícil encontrar a gente que me mirara con lastima y me brindara un poco de ayuda, tampoco nunca falto la gente aprovechada que quería abusar de lo que ellos creían una niña inocente. Me mantuve por casi un año de los desperdicios de la comida de una cantina que se encontraba sobre eje central, mientras las pocas monedas que me daban de limosna las destinaba en comprar cigarros para vender afuera de Garibaldi. Es un buen negocio, no te voy a negar que llegue a robarle a los borrachos que salían de las cantinas y que por querer tocar un poco de mas, no se daban cuenta que yo ya me estaba cobrando el manoseo.

Estaba segura que no quería seguir durmiendo en las calles, resguardando los pocos pesos que me habían quedado de ganancia y cuidándome noche tras noche de los que buscaban un poco de satisfacción. En ese ambiente se respira la necesidad no solo de comida y cariño, sino de satisfacer las más asquerosas perversiones. Llegué a dormir dentro de los contenedores de basura, aprendí a detectar cuando los camiones llegaban por ellos para salir corriendo, un par de veces me toco ser rescatada al oír mis gritos al estar siendo desechada dentro del camión de la basura.

Era una niña delgada y claramente desnutrida que cabía en cualquier hueco de algún edificio abandonado o marquesina en donde era desapercibida al caer la noche. Durante la tarde, iba a la pequeña fuente que está en la plaza de la concepción para discretamente lavar lo que para esa hora ya era un hedor de putrefacción sobre mi cuerpo, aprendí a saber que entre menos pordiosera me viera, tenía más oportunidad de sacar más monedas durante la noche.

No tarde mucho en caer en la prostitución, el termino coloquial como nos llaman, pero de todo me han dicho, así que ya no es algo que me asombre. Creo que influyo mucho mi cara delicada y aun de niña, así como la delgadez de mi cuerpo, que aun cuando estaba mal trecha, mi figura se había ido tornando bien. No faltó quien quisiera “ayudarme” a estar en ese medio, me costaba casi tres cuartas parte de lo que ganaba para que me “protegieran”, créeme no es mucho, en ese mundo no hay muchas opciones para sobrevivir.

Durante ese tiempo tuve dos abortos, corrí con suerte, porque sabíamos que había mucha posibilidad de quedarte ahí y morir, o quedar con secuelas que no te iban a permitir continuar, lo que prácticamente era lo mismo. Iba prácticamente cada semana a la pequeña clínica de salubridad tenia pavor a morir como tantas que veía con enfermedades que se las consumían hasta los huesos, obvio no estaba yo exenta a eso. Muchas veces tuve infecciones y hasta desgarres de alguno que otro que no le importan mis gritos de dolor.

A mis 22 años ya no era carne fresca y creo que ahí vi la oportunidad para salirme o, mejor dicho, me sacaran. De esa vida no sería fácil salir si no dejaras de “servir” para el trabajo, así que aproveche para empezar a trabajar barriendo fuera de los negocios y suplicando por una ayuda para poder continuar al día siguiente, fue así como poco a poco fui ganando la confianza de una señora que llegaba todos los días a las 7 de la mañana a abrir su negocio de venta de ropa.

Fue mi primer trabajo, empecé a ayudar con la mercancía, mi figura me ayudo y al poco tiempo estaba yo poniéndome la ropa de la tienda para poder jalar a la clientela. No tenía estudios así que difícilmente iba a aspirar a algo más, esto que me impulso a sacar la secundaria en la nocturna lo cual para mí fue un gran triunfo.

Ninguno de estos capítulos de mi vida fue fácil, pero hoy a tengo 26 años con una niña y un esposo a quien cuido y me cuidan, no puedo decir que soy la mujer más feliz porque sería mentira, tampoco te diré que esa vida ya la supere, porque es algo que nunca creo poder olvidar. Esas noches de frio, hambre, miedo y sufrimiento las revivo muy frecuentemente por lo que no me permiten vivir tranquila. Pero algo que, si te puedo asegurar, es que el destino nunca está escrito, puedes aferrarte a lo que quieres ser o a lo que tu ambiente te obliga a ser. Una vez me dijeron, tienes que ser un pavorreal en medio del lodo, caminar segura sin ensuciar tus plumas.

Mi nombre es Veronica y fui prostituta.

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